La primera vez que lo confundieron con el tal Mario, pensó que probablemente había en ese país alguien que se llamaba Mario y con el que compartía algunas semejanzas físicas, y no le dio mucha importancia. Tampoco la segunda ocasión. Pero cuando lo confundieron la tercera vez, decidió que era algo serio, y lo mejor era buscarle la solución. Lo primero que se le ocurrió fue cambiar el vuelo de regreso y marcharse ese mismo día, en el vuelo de la tarde.
Se llamaba Salomón Sotolongo y era parte de un grupo de trece turistas, todos hombres, que había llegado al país la mañana del lunes quince de julio. No lo supo hasta el tercer día, pero el grupo estaba compuesto mayormente por pervertidos sexuales. Siempre tomaba sus vacaciones en julio para pasar tiempo con su novia Monika. Por el racionamiento de combustible y alimentos impuesto por la guerra, solían ir a Atlantic City por una semana y la siguiente semana visitaban Coney Island durante las tardes y las noches. Pero dos acontecimientos cambiaron sus planes: el fin del racionamiento y la pelea que tuvo con la novia. Como se había privado de las playas por más de seis años, eligió un país tropical con muchas playas y mucho sol.
Como estaba acostumbrado, durante la adolescencia, a viajar con su padre en vuelos de ocho y hasta diez horas, el vuelo de tres horas le pareció un abrir y cerrar de ojos. Cuando salió del avión, lo primero que sintió fue la temperatura del trópico, diferente a todas las temperaturas que había conocido, y una brisa fresca y salobre. También le sorprendió el aeropuerto, porque era pequeño, simple, con solo una pista de aterrizaje. El avión los dejó lejos y tuvieron que caminar hasta el edificio del aeropuerto. Pero era un día maravilloso, soleado, con un cielo diáfano, con un poco de brisa y con una temperatura ideal. En el edificio, para llegar a inmigración y aduanas, había que caminar por un largo pasillo, donde un grupo de músicos, con instrumentos rudimentarios, tocaban lo que él se imaginaba que era la música típica del país. Al final del pasillo, antes de llegar a las casillas de los inspectores de aduanas, el pasillo se dividía en dos; en un lado había varias casillas donde se vendían las tarjetas de turista y el otro lado seguía hasta el final, donde estaban los inspectores. Exactamente donde se dividía el pasillo, había un grupo de tres hombres con aspecto de espías o de militares. Su función allí, pudo observar, era pedirles el pasaporte selectivamente a los viajeros, fingir que leía el pasaporte, seguido de un “déjese algo”. Tan pronto el del medio, que parecía ser el jefe del grupo, lo vio, pareció reconocerlo.
—¡Barón de Dios! —le dijo—. Qué bueno que dejaste el luto.
Cuando le extendió el pasaporte al primer agente en la fila, el que habló, un poco sorprendido de que el extranjero permaneciera en silencio, se inclinó un poco para leer el nombre en el pasaporte. El que parecía ser jefe quedó sorprendido y hasta un tanto receloso. Le arrebató el pasaporte a su compañero. A seguidas abrió el pasaporte, buscó la segunda página y pareció leer el nombre. Quedó desconcertado.
—Perdone, señor Sotolongo —le dijo, trastornado—. Creí que usted era otra persona.
No le dio mayor importancia. Cuando el guía del grupo lo recibió en la puerta del aeropuerto, ya había olvidado totalmente el incidente.
Era una ciudad de contrastes, caótica, colorida y bulliciosa, construida a orillas del mar, entre dos ríos. Tan pronto entraron a ella, observó que en las calles circulaban los vehículos más lujosos del año y también chatarras del comienzo del siglo. En la misma avenida podría encontrarse una casa antigua de madera entre dos modestos edificios de cuatro, cinco o seis pisos, construidos sin tener en cuenta el clima del trópico. No había electricidad para iluminar los semáforos, las calles no tenían nombres (cuando las tenían, eran nombres de países lejanos y héroes extranjeros), y todo el mundo parecía tener prisa.
Para esa tarde tenían programada una excursión a las Casas Reales, un grupo de palacios construidos en el siglo XVI y rodeados del agua del mar por un lado y del cauce del río por el otro, así que cuando llegó a su habitación se bañó y trató de escuchar la radio, pero sin querer se quedó dormido. Cuando se despertó estaba ya oscureciendo: había dormido lo que faltaba de la mañana y toda la tarde.
Había decidido bajar al restaurante del hotel para cenar, no solo para tratar de conocer a algunos de los miembros del grupo sino también para ponderar el ambiente del lugar. No había terminado de bañarse cuando ya había cambiado de idea: pidió la cena y decidió que mañana sería otro día. Trató de dormirse temprano, pero no lo logró. Cuando empezó a dar vueltas en la cama entendió que no lo lograría en mucho tiempo. Se levantó, se vistió y salió del hotel sin saber aún qué haría para matar unas cuatro o cinco horas.
El hotel estaba frente al mar. De por medio, pasaba una avenida que parecía atravesar toda la ciudad, siempre a orillas del mar. Entre la avenida y el mar, había una acera con barandillas y algunos bancos de madera.
Cruzó la calle, pensó que ya tenía menos tráfico que cuando llegó en la mañana y empezó a caminar por la acera. Se sentó en el primer banco que encontró y contempló el mar. No pudo evitar recordar aquellas caminatas por el paseo marítimo junto a Monika en Atlantic City. Entonces sintió frío, y recordó haber leído en alguna parte que, en el trópico, a finales de verano, tendía a hacer calor por el día; pero solía refrescarse al anochecer, así que se levantó y empezó a caminar, alejándose del hotel. Casi llegando al Barrio Colonial, en el otro lado de la calle, vio un bar abierto; cruzó la avenida, que en esta parte de la ciudad tenía más tráfico, y entró. Era un lugar de mala muerte, donde la gente fumaba y hablaba duro. Pero la música era variada, con tendencia a los ritmos brasileños, así que se sentó en una de las mesas vacías que había en el fondo del bar. Pidió una cerveza, más que todo porque escuchó en el avión que era una de las mejores del continente americano, y miró su reloj: solo habían pasado cuarenta minutos desde que dejó el hotel. Pronto, dos hombres jóvenes ocuparon la mesa del lado. Después, dos mujeres, ya entradas en edad, ocuparon la otra mesa. Cuando pidió la tercera cerveza, ya todas las mesas estaban ocupadas, y las conversaciones empezaban a mezclarse en su cabeza.
En un momento de lucidez, logró seguir la conversación de las dos mujeres. La más joven, delgada, blanca y de pelo casi rojo, contaba cómo alguien, con boletos impresos y todo, le prohibió que se estacionara en la calle a menos que le pagara, como si la calle fuera un estacionamiento privado. Con un poco de tristeza dijo que tuvo que irse a estacionar en la calle del parque, y aun así tuvo que pagar, porque allí alguien también estaba pidiendo dinero, y éste hasta tuvo la osadía de decirle que él no sería responsable si cuando ella regresara, algo le pasaba a su carro. La otra, más vieja, de piel oscura, pelo negro y con quizás unas veinte o treinta libras de más, le decía que eso evidenciaba su teoría sobre la secuela de la economía informal del país. Cuando la más joven estaba totalmente borracha, le dijo a la otra que se fueran. Miró su reloj y ya eran las tres y media, y pensó que era tiempo también de irse.
Cuando llegó al hotel, se encontró con el guía y con un miembro del grupo. Estaban borrachos, y venían del casino del hotel, donde ambos habían perdido más de lo que habían planeado jugar esa noche. El turista, un sureño que había participado en la guerra, estaba convencido de que los dueños del casino eran unos ladrones que hacían trampas. En ese momento el guía le preguntó a él dónde había estado, y le mencionó el bar. Casi incómodo, le advirtió que nunca lo volviera a hacer. Nunca debía caminar solo por ninguna de las calles del Barrio Colonial, ni de día ni de noche —pero especialmente de noche: en esa zona se cometían la mayoría de asaltos, atracos y agresiones contra los turistas. El sureño quería seguir la fiesta, así que convenció al guía de que fueran al bar del hotel; lo invitaron, pero rechazó la invitación y se fue a dormir.
Cuando bajó a desayunar, ya el comedor estaba casi vacío. Estaba desayunando cuando vino el guía a preguntarle si participaría en la excursión a la Catedral. Le dijo sin muchas ganas que sí, y acordaron verse en la entrada del hotel en media hora.
Siguieron casi la misma ruta que él había recorrido la noche anterior: la avenida al borde del mar, una izquierda en la rotonda del parque, y una derecha en la calle de Los Condes. La calle era estrecha, las casas eran de piedra y las puertas de las casas estaban marcadas con escudos y símbolos. Antes de llegar a las murallas, en el extremo derecho, al lado del parque, estaba la grandiosa Catedral. No era, exactamente, la mejor arquitectura que había visto y no había sido conservada de una manera responsable, pero no pudo evitar imaginarse a los indios, arrastrando y levantando las piedras. El grupo estaba en la entrada, y el guía explicaba que era una de las primeras catedrales construidas por los españoles en América, cuando un hombre salió de la Catedral, y él sintió la mirada del extraño en su rostro —una mirada de alguien que parece reconocer a uno, como la mirada del hombre en el aeropuerto. El extraño se le acercó.
—Te estuve esperando toda la tarde —le dijo, dándole palmaditas en la espalda, con una familiaridad que le enfrió el alma—. Eso no se hace, Mario.
El grupo de turistas lo miró, incrédulo, con extrañeza.
—Yo a usted no lo conozco —le dijo—. Mi nombre es Salomón Sotolongo y hasta ayer nunca había estado en este país.
El extraño pareció paralizarse.
—¿Cómo? —preguntó, desconcertado, examinando a cada uno de los turistas.
Las miradas de los demás turistas parecieron convencerlo —a medias, porque aun cuando dio la espalda y caminó calle arriba, iba negando con la cabeza y haciendo gestos con sus manos. Era un señor más o menos de su misma edad, quizás con unas cuantas libras de más, con una serenidad absoluta, de una presencia agradable. En fin, alguien que, en circunstancias diferentes, no le importaría tener entre su limitado círculo de amigos.
La lección histórica pronto se convirtió en una conversación a trece voces sobre parecidos físicos, coincidencias y preguntas sobre el pasado. Que si el padre o la madre vivieron aquí alguna vez, que si tenía hermanos, que si fue adoptado.
La tercera vez que lo confundieron fue esa misma noche. Después de la cena, salió con intención de volver al bar de mala muerte de la noche anterior, pero cuando llegó a la puerta, cambió de opinión, y siguió caminando, en dirección de las murallas. Dobló a la izquierda en la calle de la Catedral, y entró a una calle más estrecha aún. Pronto se dio cuenta de que esta parte del Barrio Colonial era impresionante. Las calles estaban alumbradas por faroles, en ambos lados, y le daban un halo seductor a las casas y a los edificios de piedra. De alguna manera, las luces parecían vestir las cosas de un color amarillo y liviano. Se encontró caminando por una calle donde cada casa o edificio consistía en un bar, un café, una discoteca o un restaurante. Pensó que era una lástima que los demás miembros del grupo no estuvieran allí para presenciarlo.
Caminó por la calle, a veces pidiendo disculpas para pasar entre la gente que, al no tener espacio para sentarse o estar de pie dentro de los bares y las heladerías, se había acumulado en la acera. El público estaba, en su mayoría, entre los veinte y los veinticinco años, vestido a la moda, en trance, como si nada de lo que pasara en la calle o en el otro lado de la ciudad le importara. Tenía un deseo incontrolable de entrar a uno de esos lugares para ver si se contagiaba un poco de la energía que parecía fluir en esos lugares.
Ya casi al final de la calle vio un lugar perfecto. Era un piano bar, pequeño, con divanes y sillones en un extremo y un mostrador en el otro, y en el fondo había una tarima donde había un majestuoso piano y dos guitarras recostadas sobre dos sillas. El mostrador era de madera rústica, las piedras en las paredes estaban descubiertas, y en algunas de las piedras la gente había escrito nombres y frases. El público, sin embargo, era más bien maduro, algunos vestidos hasta formalmente, y las camareras, adolescentes, estaban en faldas negras y camisas o blusas blancas.
Además, era el único lugar que no estaba completamente abarrotado, así que entró. Una vez vio que no había formalidad alguna, buscó un diván donde sentarse. Tuvo que caminar hasta el fondo y se sentó en el primero que encontró. Estaba casi en la esquina, a pocos metros de una escalera que subía al segundo nivel, entre el mostrador y la tarima. La música, apenas audible, era acústica, y estaba acompañada de una voz femenina, cantando en gallego o tal vez portugués. La gente hablaba, pero lo hacía casi en susurros.
La cerveza local no le impresionó tanto, así que pidió una cerveza irlandesa, pero no la tenían. Cuando la mesera le mencionó una americana, le dijo que sí, y por primera vez se sintió como si estuviera en un bar de su vecindario. La canción que salía por las bocinas terminó, y otro tema empezó; ahora era un tema en inglés, el cual conocía muy bien. Ya había olvidado que estaba en otro país cuando sintió unas manos femeninas frías tocar su frente y cubrir sus ojos. Supo que las manos y los brazos estaban enjoyados porque sintió el frío del metal en la piel.
—Adivina quién, Mago —dijo una voz femenina.
Antes de que él pudiera decir o hacer algo, sintió el cuerpo femenino en su hombro, y su rostro casi tocar su rostro, y cuando los dedos se apartaron de sus ojos, la boca de la mujer estaba contra la boca suya. Pero el beso se paralizó en seco. La mujer se apartó.
—Ya tú no me quieres —dijo decepcionada.
Ella levantó la cabeza, y dobló el cuerpo, sobre la esquina del diván, para mirarlo de frente, aún con un brazo enjoyado sobre su hombro izquierdo. Si él estaba confundido, ella estaba incrédula y su rostro cada segundo parecía más triste.
—Lo entiendo —dijo, más desconsolada que resignada—. Ya amas a otra.
Él se volvió, y la miró, serio. No es que le disgustara tanto la situación o tuviera miedo, pero sentía frío; mucho frío. Ella era una mujer de un rostro hermoso, pelo negro, lacio y largo, una piel que ni era blanca ni era negra, unos ojos claros y llevaba una toga sobre su cuerpo, quizás para ocultar las libras de más. Tendría unos treinta y cinco años, pero su voz parecía de una mujer más madura y su rostro parecía de una adolescente. Sus brazos estaban adornados con todo tipo de brazaletes: de goma, de plata, de oro.
—Mire, señora, yo no soy Mario —le dijo—. Yo nunca había venido a este país, pero por algún motivo me están confundiendo con el tal Mario. Hay que ser muy idiota para pensar que alguien va a creer que dos personas se parezcan tanto para que la gente los confundiera como si fueran la misma persona.
La mujer lo miró, con la boca abierta. De pronto empezó a reír, enseñando unos dientes blanquísimos y parejos.
—Pero de verdad no eres Mario —suspiró—. Y yo casi me muero pensando…
Ella no quiso seguir. Caminó alrededor del sofá, y se sentó. Lo seguía mirando.
—Mira, si no fuera porque no besan igual —le explicó—, la verdad que hasta te llevo esta noche a mi casa, y ni me doy cuenta. Además de que son idénticos, hablan igual.
Ella le indicó a una de las meseras que le trajera un trago.
—Mario nunca me dijo que tuviera un hermano —siguió—. Pero como él nunca habla de su familia…
—Pero, señora…
—Adanay, por favor —lo corrigió.
La mesera vino con el trago.
—Tráele otra cerveza al cuñado —le dijo a la mesera, enseñándole la botella que estaba casi vacía.
*Primeras cinco páginas
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